Artículo en El Comercio
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Si no funciona:
HABLANDO SOLO
No es raro ver a alguien hablando solo por la calle, de hecho nunca lo ha sido, pero siempre que esto ocurre nos causa una extraña sensación, y utilizo el plural, porque ya lo comenté con varios amigos, a modo de estudio sociológico doméstico.
El otro día vi a un tipo que venía caminando a lo lejos haciendo aspavientos de esos que montamos cuando discutimos con alguien. Pensé que era un loco de estos que habla con sus fantasmas sin ningún pudor, los que pasamos por cuerdos lo hacemos en privado como los presidentes de gobierno; aunque a medida que se acercaba su aspecto no concordaba con el look ligeramente desaliñado que suelen llevar este tipo de personas, más bien parecía un yupi venido a menos o defenestrado por el estrés, pero, al verlo más de cerca caí en la cuenta de que no se trataba de ningún personaje tópico ni típico, sino, de un hombre de apariencia “normal”que caminaba enzarzado en una discusión utilizando el sistema de manos libres desde su teléfono móvil. ¡Joder, en que mundo vivo! Pensé.
Desde luego, era lo más lógico, ¡Yo mismo, lo hago!
A pesar de todo me sorprendí intentando auscultar la realidad del otro con una percepción que me resultó carca y absurda, pero ahí no paró la cosa, pues me pregunté que porqué a algunos nos llama tanto la atención ver a una persona hablar en soledad.
Entonces, recordé que esto de hablar solo era algo muy común, que cuando alguien te sorprende en semejante situación suelen pensar que estás un poco ido o provocar una risa malvada por parte del espía o la espía ( los artículos también sirven para la corrección política) y un morbo curiosón por saber cuales son las cuitas que sustentan el soliloquio del espiado. Así y todo, no es extraordinario sentir que hablamos solos en determinadas ocasiones, aún con interlocutores, como en algunas discusiones maritales y otras tantas que no pienso enumerar para no deprimir nadie, porque probablemente, sean demasiadas.
Lo cierto es que la vida está llena de momentos en los que hablamos en soledad y creo que son muy necesarios para saber con quién estamos tratando en esto de vivir, lo que ocurre es que en determinadas etapas de la vida se alargan los tiempos de auto comunicación en voz alta y puedes empezar a cogerte manía.
Un caso espectacular es el de un hombre, vecino de una tía mía, que veía la tele al mismo tiempo que escuchaba la radio y leía la prensa y debatía a voz en grito con los tres medios, como si de tertulianos de carne y hueso se tratara, ya digo que es un caso fuera de serie, pero más de uno que yo conozco habla a solas con la televisión.
Hace tiempo, un amigo me contó que antiguamente, en la edad media, se leía en voz alta, no como ahora que leemos para nosotros mismos en silencio; sea como sea son también formas de diálogo solitario. Lo que no sé, es si es mejor así, pues imagínese una biblioteca atestada de gente leyendo en alto, creando un murmullo sólido, armónico y hasta musical, una ensalada de timbres y alturas vocales entremezclando cientos de temas, creando algo parecido a una orgía sonora del saber impreso. Es probable que no hubiera problemas de concentración en los lectores imbuidos por esa especie de mantra literario colectivo producido por el propio acto.
De todas formas, nos encanta escuchar historias de terceros por lo tiene de aséptico para no salpicar nuestras almas en vilo. Así, disfrutamos de la lectura pública del cuenta cuentos, de la novela, obra de teatro o película autobiográficas y en el lado más salvaje y duro del puro cotilleo televisivo, que para el caso, y sin intromisión del arte por parte de terceros, se parece mucho a escuchar al que va hablando a voces de sus asuntos personales con el manos libres por la calle.
Después del episodio que abre este pasatiempo escrito, comencé a pensar en seguir a alguno de estos habladores públicos buscando fuentes de inspiración para escribir.
Me imaginé a mí mismo siguiendo a desconocidos y tomando notas en una grabadora neurótica, como el tipo de la cafetería de Amelie; por supuesto que enseguida descarté tal ocurrencia, solo la mantuve en mi imaginación durante unos días disfrutando de lo cómico y disparatado que resultaría verme de tal manera, a lo inspector Clouseau por las calles de Gijón. Sé que intento quedar bien, no lo voy a negar, por lo que no descarto en un futuro utilizar un disfraz de semáforo para espiar conversaciones privadas a pie de calle, aun a riesgo de quedar petrificado entendiendo la vida en rojo y verde y no en blanco y negro como se quiere pintar últimamente. ¿He dicho algo raro?
A todo esto, que otra cosa es esto que estoy haciendo ahora que escribo, sino hablar solo; la diferencia estriba en que de forma imaginaria me dirijo a alguien, que ahora estará leyéndolo, espero. Pero a fin de cuentas, ¿Cuantas veces hemos hablado con nuestras ex sin que ellas estuvieran presentes? Y con mamá, papá, el policía que nos multó y la última chica que nos gustó.
En fin, que esto de hablar solo, es algo que todo el mundo hace en privado, sin embargo nos produce un regusto extraño ver a al solitario tertuliano de sí mismo hablando en voz alta por la calle, temor que resuena en nuestro interior con uno de los miedos básicos del ser humano: La locura.