Archive for Enero, 2008

El poema que me salvó del pánico al dentista

Lunes, Enero 28th, 2008

Ye l’últimu artículu que publicó el periódicu El Comercio.

Esti ye l’enllace:

El poema (inédito) que me salvó del pánico al dentistaPor si quiés lleélu ya:

El poema inédito que me salvó del pánico al dentista

Hay conductas humanas que permanecen a lo largo de toda una vida y nos acompañan recordándonos, en algunos casos, nuestra fragilidad.

Eso es lo que a mí me pasa con el dentista: Me sigue acojonando.

Pero hay ocasiones en que parece que la vida te quiere recompensar por no haber elegido tantos dolores pequeños y ocurren cosas como la que voy a contar.

Cuando me senté en la sala de espera del odontólogo, (así parece que asusta menos) despistado y con sensación de náuseas por el extremo y anestésico olor que se extendía por la estancia me sentí tan solo, de hecho no había nadie más, que empecé a rebuscar en el clásico revistero que hay en esta clase de lugares. Las revistas del corazón son las publicaciones tópicas de las salas de espera, supongo que con la intención de que los pacientes o los que esperan se olviden de su estrés con las peripecias de los famosos de medio y cuarto pelo; el caso es que a mí estas revistas me dan tan mal fario, que al contrario de lo pretendido, puedo enfermar de súbito agravándose más aún la situación.

Así todo, rebusqué en el montón a ver si había algo de viajes o decoración o de cualquier otro tipo y lo que me encontré fue una revista de Iberia, de las que te dan en el avión con su publicidad y “merchandising” (palabrón donde los haya, o sea, mercadería) etc.

En avión hubiera querido salir de aquella consulta, si hubiera sido posible, pero no había más remedio que aterrizar así que comencé a hojear la revista “Ronda Iberia”.

Pues ya os podéis imaginar el contenido, ideal para el avión, es decir que el paralelismo entre la sala de espera del dentista y la cabina de un avión existe: Evádase usted.

Entré en los humos de la evasión imaginando volar a un destino incierto que de súbito se hizo extraordinario, pues en la página número 46 de la revista encontré una sección en la que aparecía un personaje conocido, un asturiano de nombre Ángel González, de profesión piloto de la palabra y reconocido poeta.

La sección se presentaba bajo el título “Gran clase” y aparecía un relato evocador que hablaba de la incierta luz de la infancia y del paso del tiempo, todo esto a modo de presentación de un poema que figuraba en la mitad inferior de la página, tal y como sigue:

¡Volver a ver el mundo como nunca

había sido…!

En los últimos días del verano,

el tiempo detenido en la gran pausa

que colmaría setiembre con sus frutos,

demorándose en oro

octubre,

y el viento de noviembre que llevaba

la luz atesorada por las hojas

muertas hacia más luz,

arriba,

hacia

la transparencia pálida de un cielo

de hielo o de cristal

cuando diciembre

y la luna de enero

hacían palidecer a las estrellas:

altas constelaciones ordenando

la vida de los hombres,

el misterio tan claro,

la esperanza aún más cierta…

Aquella luz que iluminaba todo

lo que en nuestro deseo se encendía

¿no volverá a brillar?

Como suele ocurrir, a veces, me sorprendí cantando una canción con el texto que estaba leyendo por primera vez. En un ademán casi biológico volví a comprobar que estaba solo en la sala de espera y salí remontando el vuelo como un cóndor en el altiplano de los Andes. Me río yo de Iberia. Juro que no estaba bajo influencia de ningún tipo de estupefaciente; la vida por si misma y en algunos casos unas palabras, son suficiente experiencia para convocar en nuestro interior sensaciones antiguas y profundas, que pudieran ser intuiciones espirituales o insondables sensaciones humanas, quizá fantásticas o pueriles, pero experiencias que no pueden dejarte indiferente, y debe de ser interesante, si se puede, definir a que clase pertenecen.

Sentir un boceto de canción es para un compositor algo que jamás y por nada del mundo dejará escapar, aún sabiendo que no tiene porqué terminar bien.

No había otra opción, arranqué la hoja de la revista y doblándola en cuatro partes, tal y como está ahora delante de mí, la metí clandestinamente en el bolsillo trasero de mis vaqueros.

Aún con el sofoco de ser sorprendido como un ladrón de sensaciones, la enfermera me llamó. No recuerdo más.

Un año más tarde conocí a Ángel González.

La Semana Negra estaba en total ebullición y no suelo pasar demasiado tiempo allí por razones que ahora no vienen al caso, pero ese día sabía que el poeta estaría haciendo una lectura de poemas en la Carpa de los Encuentros, sin duda el lugar apropiado para conocer a aquel que me había salvado de mi pánico al dentista.

Procuré anticiparme a la hora y nada más llegar lo reconocí entre las pocas personas que pululaban por la carpa. Tomé el tiempo de los tímidos para pensar que coño le iba a decir, si sería conveniente hablar de salas de espera, de pánico o de odontólogos, argumentos que me parecieron todos ellos inadecuados, cuando mi intención era contarle que al fin había una canción nacida de la casualidad y que probablemente quisiera editarla en un tiempo futuro, para lo que necesitaba su autorización.

Todavía conservo el papel manuscrito y firmado sobre el que me dio su permiso para: “…poner música al poema que comienza con el verso Volver a ver el mundo…publicado en la revista Ronda Iberia. Gijón a 19 de julio de 1998”

El poema no tenía título. La canción, aún sigue inédita.

Gracias otra vez, Ángel.

Artículo en El Comercio

Miércoles, Enero 2nd, 2008

Enlace:

http://www.elcomerciodigital.com/gijon/20071228/opinion/

hablando-solo-20071228.html.

Si no funciona:

HABLANDO SOLO

No es raro ver a alguien hablando solo por la calle, de hecho nunca lo ha sido, pero siempre que esto ocurre nos causa una extraña sensación, y utilizo el plural, porque ya lo comenté con varios amigos, a modo de estudio sociológico doméstico.

El otro día vi a un tipo que venía caminando a lo lejos haciendo aspavientos de esos que montamos cuando discutimos con alguien. Pensé que era un loco de estos que habla con sus fantasmas sin ningún pudor, los que pasamos por cuerdos lo hacemos en privado como los presidentes de gobierno; aunque a medida que se acercaba su aspecto no concordaba con el look ligeramente desaliñado que suelen llevar este tipo de personas, más bien parecía un yupi venido a menos o defenestrado por el estrés, pero, al verlo más de cerca caí en la cuenta de que no se trataba de ningún personaje tópico ni típico, sino, de un hombre de apariencia “normal”que caminaba enzarzado en una discusión utilizando el sistema de manos libres desde su teléfono móvil. ¡Joder, en que mundo vivo! Pensé.

Desde luego, era lo más lógico, ¡Yo mismo, lo hago!

A pesar de todo me sorprendí intentando auscultar la realidad del otro con una percepción que me resultó carca y absurda, pero ahí no paró la cosa, pues me pregunté que porqué a algunos nos llama tanto la atención ver a una persona hablar en soledad.

Entonces, recordé que esto de hablar solo era algo muy común, que cuando alguien te sorprende en semejante situación suelen pensar que estás un poco ido o provocar una risa malvada por parte del espía o la espía ( los artículos también sirven para la corrección política) y un morbo curiosón por saber cuales son las cuitas que sustentan el soliloquio del espiado. Así y todo, no es extraordinario sentir que hablamos solos en determinadas ocasiones, aún con interlocutores, como en algunas discusiones maritales y otras tantas que no pienso enumerar para no deprimir nadie, porque probablemente, sean demasiadas.

Lo cierto es que la vida está llena de momentos en los que hablamos en soledad y creo que son muy necesarios para saber con quién estamos tratando en esto de vivir, lo que ocurre es que en determinadas etapas de la vida se alargan los tiempos de auto comunicación en voz alta y puedes empezar a cogerte manía.

Un caso espectacular es el de un hombre, vecino de una tía mía, que veía la tele al mismo tiempo que escuchaba la radio y leía la prensa y debatía a voz en grito con los tres medios, como si de tertulianos de carne y hueso se tratara, ya digo que es un caso fuera de serie, pero más de uno que yo conozco habla a solas con la televisión.

Hace tiempo, un amigo me contó que antiguamente, en la edad media, se leía en voz alta, no como ahora que leemos para nosotros mismos en silencio; sea como sea son también formas de diálogo solitario. Lo que no sé, es si es mejor así, pues imagínese una biblioteca atestada de gente leyendo en alto, creando un murmullo sólido, armónico y hasta musical, una ensalada de timbres y alturas vocales entremezclando cientos de temas, creando algo parecido a una orgía sonora del saber impreso. Es probable que no hubiera problemas de concentración en los lectores imbuidos por esa especie de mantra literario colectivo producido por el propio acto.

De todas formas, nos encanta escuchar historias de terceros por lo tiene de aséptico para no salpicar nuestras almas en vilo. Así, disfrutamos de la lectura pública del cuenta cuentos, de la novela, obra de teatro o película autobiográficas y en el lado más salvaje y duro del puro cotilleo televisivo, que para el caso, y sin intromisión del arte por parte de terceros, se parece mucho a escuchar al que va hablando a voces de sus asuntos personales con el manos libres por la calle.

Después del episodio que abre este pasatiempo escrito, comencé a pensar en seguir a alguno de estos habladores públicos buscando fuentes de inspiración para escribir.

Me imaginé a mí mismo siguiendo a desconocidos y tomando notas en una grabadora neurótica, como el tipo de la cafetería de Amelie; por supuesto que enseguida descarté tal ocurrencia, solo la mantuve en mi imaginación durante unos días disfrutando de lo cómico y disparatado que resultaría verme de tal manera, a lo inspector Clouseau por las calles de Gijón. Sé que intento quedar bien, no lo voy a negar, por lo que no descarto en un futuro utilizar un disfraz de semáforo para espiar conversaciones privadas a pie de calle, aun a riesgo de quedar petrificado entendiendo la vida en rojo y verde y no en blanco y negro como se quiere pintar últimamente. ¿He dicho algo raro?

A todo esto, que otra cosa es esto que estoy haciendo ahora que escribo, sino hablar solo; la diferencia estriba en que de forma imaginaria me dirijo a alguien, que ahora estará leyéndolo, espero. Pero a fin de cuentas, ¿Cuantas veces hemos hablado con nuestras ex sin que ellas estuvieran presentes? Y con mamá, papá, el policía que nos multó y la última chica que nos gustó.

En fin, que esto de hablar solo, es algo que todo el mundo hace en privado, sin embargo nos produce un regusto extraño ver a al solitario tertuliano de sí mismo hablando en voz alta por la calle, temor que resuena en nuestro interior con uno de los miedos básicos del ser humano: La locura.