Cuento de verano

Hace poco un amigo de la infancia me contó una historia, me gustó tanto que le dí esta forma de breve ralato.
Prepárate algo de beber y escucha:

La primera vez que vi a una mujer desnuda fue en una fotografía en blanco y negro.
Estaba rota en dos partes que encajaban a la perfección, me refiero a la foto.
Al salir del colegio mi amigo de la época, del que no me acuerdo en absoluto, me llevó a la esquina del secreto, a la curva de lo real.
A veces el secreto está a la vuelta de la esquina.
Los paneles pop-art que llamativamente el decorador había situado a la puerta del pub más “IN”* de la ciudad, estaban dispuestos sobre una esquina roma, ligeramente curvada, donde estaba situado el negocio.
Cuatro personajes míticos inspiraron al artista: Marylin Monroe, El Capitan America, Quevedo y un futbolista llamado Herrerita.
De grandes dimensiones, los paneles eran metálicos y las esfinges de los mitos pintadas con expresivos colores chillones, estaban a su vez cubiertas por otros paneles también metálicos que superpuestos y perforados en su totalidad por cientos de circunferencias de igual diámetro hacían posible la transparencia, dejando visibles las imágenes, que en un juego del artista pretendían permanecer ocultas desde los ángulos laterales, según se visionaran desde una u otra perspectiva.
La calle, a unos cincuenta metros del colegio, discurría cuesta abajo y en la curva, la esquina aumentaba el desnivel haciendo posible que la base del primer panel, el de Marylin, no distara a más de un metro y sesenta centímetros del suelo, por lo que era posible llegar con la mano a los circulitos perforados.
Yo, medía mucho menos del metro sesenta por lo que mi compañero me dijo, ponte que me subo.
Y me puse.
El se subió a mi espalda, yo me puse de barro hasta las orejas, los alrededores del colegio estaban en obras y la salida era un barrizal en invierno, él, después de rebuscar
en aquel insólito lugar, dijo, ya está , baja, baja.
Como demostración de hombre experimentado en asuntos de mujeres, me puso entre las manos el secreto, cediéndome el honor de componer un puzzle de dos fichas, que él con su sonrisa picarona declaraba tener más visto que el TBO.
Dos trozos de papel fotográfico emulsionado, distorsionadas imágenes en blanco y negro, causaron mi extrañeza, esto que es, exclamé ¿no lo ves?, dijo él.
Comencé a distinguir dos piernas blancas coronadas por un mechón de pelo sin cabeza, aparté con el dedo las pequeñas manchas de barro que ocultaban parcialmente la imagen, era una deformidad, tomé el otro cacho y se veía claramente la mitad de una mujer sin nada, sin nada encima.
Uní las dos orillas y el mechón sin cabeza se hizo pubis y el puzzle se hizo unamujerdesnudaenblancoynegrorrotaporlamitad.
¿Y tienen tanto pelo? ¿Qué asco?
Volví a limpiar la foto en su totalidad, esta vez con la manga del anorak, que cabía en la palma de mi mano, para ver mejor lo nunca visto.
La verdad es que no era muy agraciada, podemos decir que del montón, pero era la primera y la primera siempre tiene un rango. No cabía duda que era una foto doméstica, de alguien que había fotografiado a su novia o a su mujer; al darme cuenta de este detalle, no pude evitar reírme y pensar que la madre de alguno estaba en pelotas por ahí por el mundo vagabundeando de esquina en esquina de mano en mano sobre un papel, sonriendo libidinosamente a los críos que se iban pasando el secreto de unos a otros.
Repetí varias veces, dos o tres, hasta que un día decidí ir a despedirme de ella y decirle que lo nuestro ya no podía ser, que me había enamorado de una niña rubia que había visto al salir de clase, bueno no estaba seguro si de ella o de su madre, a la que creí haber visto en una película muy triste que habían pasado por la tele.
No entendía como una señora tan guapa que salía en la tele iba todos los días a recoger a sus hijas a mi colegio, vendrá en avión pensé, desde Londres, o desde París.
Un día sin que se diera cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, le hice una foto en color.

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