Fugaz
Ella desapareció en la noche.
Se marchó dejando al hombre apoyado sobre el alféizar de la ventana del piso bajo del hotel que daba a la calle.
Caminando resuelta y con aire de victoria, parecía haberse llevado algo en una mano, que se desmaterializó cuando intentó colocarse su media melena, al tiempo que proseguía su paso firme hacia el mundo adulto.
El hombre siguió mirándola hasta que se esfumó entre los coches aparcados al fondo de la calle y un leve repecho puso fin a la escena.
El calor siguió envolviendo la madrugada, la pasión se extendió entre las calles adyacentes llevándose el rumor del contacto corporal, los besos, las caricias y la electricidad de aquel fugaz tanteo de la realidad del otro.
Un olor dulzón continuó pululando sin orden sobre la ventana del hotel. Una impresión gráfica en las yemas de los dedos llevó al hombre a besar sus manos intentando retener en la memoria aquel encuentro, haciendo que durara más de lo que el azar había permitido.
No se olvidan fácilmente mis besos, le susurró ella poco antes de marchar.
La noche no se volvió ni extrema ni dura como era de prever en una consecuencia lógica que el rechazo suele crear en las personas. No.
Sin embargo parecía que más que un adiós había sido un hola, un hasta luego con tarjeta de visita indagando en el misterio de las propiedades magnéticas del ser humano.
Se alejó con aire tranquilo recomponiendo su estructura corporal con la satisfacción del domador de caballos cuando al fin consigue reducir al animal y hacerlo dócil, entregado y fiel.
Se fué sabiendo que había dejado algo escondido dentro de aquel desconocido al que había besado con intensidad contenida, con deseo disciplinado, con dulzura apícola, renovándose brevemente con aquella brisa refrescante con la que la seducción había soplado en su cuello.
Caminó hacia el mundo adulto pensando que a lo mejor la pasión podía desaparecer en el horizonte de las edades, que a lo peor le había dado el esquinazo a su propia esencia o que al fin podía cantar una victoria sobre las trampas de la soledad.
No volvió la cara para mirar si el hombre seguía observándola, quizá porque prefirió no comprobar los efectos de su triunfo o quizá porque no quiso certificar a quién o a qué había vencido, porque quizá al fín no estuviera tan claro cual había sido la batalla ni el enemigo.
Él entró en el hotel reconociendo el valor de su voluntad, despertando de una suerte de embrujo que no había imaginado como final de aquel viaje fronterizo, sin saber a ciencia cierta cual había sido el papel que el director de orquesta le había encomendado, atisbando levemente una melodía, que quizá algún día se convirtiera en una canción de éxito.