La Palabra
¿Tenemos o no tenemos palabra?
Esta duda nos hace utilizar el contrato escrito cómo forma de prevención ante los incumplimientos que por diversos motivos podemos llegar a cometer.
Aunque también sabemos que los juzgados están llenos de querellas por incumplimientos. Ya, y…?
“… se puso como una fiera, era de esos paisanos de antes para los que la palabra es como un contrato escrito…” escuché hace dos días en una oficina cuando alguien hablaba sobre un problema inmobiliario.
Me hizo pensar. “Es como los de antes”. Por lo tanto ésto ya no se lleva. Bueno, ya lo sabía. Pero me hizo pensar. No hace falta hablar de grandes cuestiones de política internacional.
La vida da muchas vueltas y las cosas cambian, a estas alturas todos lo sabemos, no vamos a pecar de ingenuos o más bien de tontos o incautos, pero pienso en el poder de la palabra.
¿No habremos sustituido el poder de la palabra por la desconfianza contractual?
El contrato genera seguridad limitada, pero no confianza.
El poder de la palabra juega a la baja junto al mercado, que se ha hecho a sí mismo a base de crear grandes mentiras, así, el listo aunque canalla, es venerado y si es simpático mejor. En el otro lado de la balanza, se sitúa él de la palabra, el tonto ¿no? y por el medio nos situamos la gran mayoría que estamos jugando una partida doble siendo un poco tontos, medio listos o listo-tonto, tonto-listo según convenga.
Puede que “la lengua recta” solo haya sido una leyenda y que nos llevemos engañando a toda maquina desde el principio de la vida, pero a mí me gustaba creer que al menos uno podía elegir estar en un lado de la balanza y que al final ganaban “los indios”.
De ésto último solo una cosa es verdad, los indios ganaron… aunque ya estaban muertos.